Cada 24 de agosto, Argentina celebra el Día del Lector en homenaje al nacimiento de Jorge Luis Borges. Pero más allá del reconocimiento al autor, la fecha invita a preguntarnos: ¿cómo se lee hoy? ¿Quiénes pueden acceder a los libros y quiénes quedan afuera?
Los datos son elocuentes. Según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales (2023), la mitad de la población leyó al menos un libro en ese año, pero en la mayoría de los hogares había menos de 25 ejemplares. La lectura no es solo cuestión de hábito: es también una cuestión de acceso.
El libro que llega en bicicleta
Leandro Da Silva, un vecino que creció en Villa Scasso en La Matanza, emprendió en 2021 el proyecto El Verso Nómade , a través del cual entrega literatura gratis en bicicleta. Lo que comenzó como una decisión personal —prestar los libros que acumulaban polvo en su biblioteca— se transformó en un movimiento que ya repartió cientos de ejemplares.
«La cultura es un derecho y bajo ningún punto de vista el ejercicio de un derecho debe ser visto como caridad», sostiene Leandro.
Su método es simple: quien quiera leer escribe por Instagram, elige un título y el domingo —su único día libre— Leandro sube a su bicicleta y entrega el libro en la puerta de la casa. Cuando el lector termina, vuelve a buscarlo.
Pero El Verso Nómade no es solo un delivery literario. Es también una apuesta a que el libro correcto puede cambiar una vida. Leandro lo sabe porque le pasó a él: en una Feria del Libro, a sus 25 años, compró Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, y ese fue el primer paso de una transformación profunda:
«A veces creemos que no nos gusta leer y lo que pasa en realidad es que no nos topamos con el libro correcto.
La escuela como espacio de descubrimiento
Mientras Leandro acerca libros a los barrios, Mauricio Andujar, profesor del taller de literatura de la Escuela de Educación Estética Nº1 Lucina Álvarez, trabaja desde el aula para que los adolescentes descubran la lectura como experiencia viva. Su enfoque rompe con el mandato de «hay que leer porque sí»: usa detonadores sensoriales, juegos y salidas a la calle para que los estudiantes descubran la literatura como una experiencia viva y no como una obligación escolar.
«No se trata de leer por leer, sino de encontrar el sentido personal. A veces un poema leído en voz alta o una salida a la calle para observar lo que antes no veían puede despertar algo que el libro solo no logra», explica Andujar.
Para él, el desafío no es competir con las pantallas, sino mostrar que la lectura puede ser tan potente como cualquier otro estímulo. Y en ese camino, el profesor se convierte en un mediador fundamental: alguien que no impone textos, sino que ofrece puentes.
Leer como derecho
En un contexto donde las pantallas y la inteligencia artificial redefinen nuestra relación con el conocimiento, el acceso a la lectura sigue siendo un derecho pendiente. Iniciativas como El Verso Nómade y las estrategias de mediación docente de Andújar no reemplazan las políticas públicas, pero las complementan con una potencia que los números no registran: la del encuentro cara a cara.
«Hay personas que piden libros para hacer felices a otros, o para sus hijos, o porque los necesitan para estudiar. Es lindo ver cómo este proyecto aporta un peldaño en la escalera de mucha gente que proyecta su futuro», cuenta Leandro.
Porque leer no es solo descifrar signos. Es habitar otras vidas, imaginar mundos posibles, construir ciudadanía. Y en eso, un vecino con una bicicleta y un docente con una buena pregunta pueden hacer más que cualquier algoritmo.
