A medio siglo del último golpe cívico-militar, la pregunta por la memoria sigue siendo un ejercicio vivo, necesario y en constante construcción. No se trata solo de recordar lo que pasó, sino de entender cómo ese pasado irrumpe en el presente y redefine identidades, derechos y lazos comunitarios.
En el marco de los 50 años del inicio de la dictadura cívico-militar argentina, el Observatorio Social de la Universidad Nacional de La Matanza convocó a dos voces fundamentales para reflexionar sobre el valor de la verdad y el papel de las nuevas generaciones en la defensa de los derechos humanos. Guillermo Torremare, presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), y Daniel Santucho Navajas, restituido como nieto 133 por Abuelas de Plaza de Mayo, compartieron sus experiencias en un encuentro que evidenció que la memoria no es un acto estático, sino una fuerza transformadora.
La lucha desde el derecho y el compromiso institucional

Guillermo Torremare, abogado especializado en derechos humanos y querellante en causas por crímenes de lesa humanidad, representa desde hace tres décadas a la APDH, una de las organizaciones pioneras en la denuncia del terrorismo de Estado. Su trabajo no solo se despliega en los tribunales, sino también en la formación académica, la producción literaria y la difusión periodística.
Durante su participación, Torremare subrayó la importancia de sostener las instituciones de derechos humanos en un contexto político y social atravesado por discursos negacionistas. “La memoria no es revancha, es justicia”, afirmó, al tiempo que destacó el rol de las universidades públicas como espacios clave para la transmisión de una historia que no puede ser relegada al olvido.
Para el abogado, el 50° aniversario del golpe no es solo una fecha de conmemoración, sino una oportunidad para renovar el compromiso con la verdad y la defensa de los derechos fundamentales. “Seguimos siendo querellantes porque aún hay causas abiertas, porque aún hay nietos que buscan a sus familias y porque la sociedad no puede permitirse el lujo de naturalizar lo que nunca debió existir”, sostuvo Torremare.
La verdad como restitución de la identidad
Si hay una historia que condensa el horror y la esperanza de la dictadura, es la de Daniel Santucho Navajas. Durante 46 años vivió con una identidad que no era la suya: nació en enero de 1977 en el centro clandestino de detención conocido como “el pozo de Banfield”, donde su madre, Cristina Navajas, permanecía secuestrada. Apropiado al nacer, fue criado por quienes lo arrebataron de su origen, hasta que la duda sembrada en su interior lo llevó a emprender un camino de búsqueda que culminó con su restitución como el nieto 133.
Su historia, recientemente plasmada en el libro “Nieto 133. Mi camino hacia la verdad”, no es solo un testimonio personal sino, como él mismo lo define, una herramienta para “mantener viva la memoria”. El libro surgió en un proceso de escritura que lo ayudó a asumir plenamente su identidad, y hoy llega a escuelas, aulas y familias, cumpliendo un rol pedagógico que él valora profundamente.
Sembrar memoria en las nuevas generaciones

Daniel es también padre de dos niñas pequeñas, una condición que resignificó su compromiso con la transmisión. “Mis hijas estaban creciendo con una identidad que no era la de ellas”, reflexiona. “Creo que los chicos a medida que van conociendo se van interesando más. Doy charlas en colegios y algo que veían como lejano, lo traen al presente”.
Torremare coincidió en ese diagnóstico: “Las generaciones más jóvenes no solo tienen derecho a saber la verdad, sino que están mostrando una disposición notable a involucrarse. Eso es fundamental para que la memoria no se fosilice, sino que siga siendo un motor de transformación”.
La universidad como trinchera de memoria
Desde el Observatorio Social de la UNLaM, la conmemoración de los 50 años del golpe se inscribe en una política institucional de defensa de los derechos humanos y de promoción de espacios de reflexión crítica. La casa de estudios, enclavada en un distrito con una historia atravesada por la militancia social, la resistencia obrera y la represión ilegal, asume el desafío de seguir construyendo memoria desde el territorio.
A medio siglo del quiebre democrático más profundo de nuestra historia, voces como las de Guillermo Torremare y Daniel Santucho Navajas nos recuerdan que la verdad no es un punto de llegada, sino un camino que se recorre cada día. Y que, en ese camino, la identidad, la justicia y la memoria se entrelazan para sostener un horizonte colectivo que ninguna dictadura pudo ni podrá borrar.
