Ser italianos en La Matanza: memorias, asociaciones y un patrimonio que urge rescatar

Día del Inmigrante Italiano

El 3 de junio se conmemoró en Argentina el Día del Inmigrante Italiano, instituido por la Ley Nacional 24.561 sancionada en 1995. La fecha no fue elegida al azar: honra a Manuel Belgrano, creador de la bandera, cuyo padre, Domingo Belgrano Peri, era un próspero comerciante genovés llegado a Buenos Aires en 1753. Así, la ley vincula simbólicamente la gesta patria con la enorme huella de la colectividad italiana en el país.

En el programa El Observatorio, emitido por Radio Universidad de la UNLaM, partimos de ese anclaje histórico para hacer algo más íntimo y territorial: conversar con Michele Di Biasi, italiano nacido en Salerno (Costa Amalfitana) que llegó a Isidro Casanova el 24 de noviembre de 1953, cuando «La Matanza era todo campo». Michele es consejero electo por voto popular del COM.IT.ES (Comitato Degli Italiani All’Estero) de La Matanza, Hurlingham e Ituzaingó, exintegrante de la Stella Alpina y, sobre todo, un testigo vivo de la inmigración que transformó el conurbano.

«Ustedes son italianos como yo, de origen italiano. Nada más que nacieron acá por esa migración de la que estamos hablando», dijo Michele al comenzar la charla, desarmando de entrada la distinción entre «italianos de allá» y «descendientes».

De Salerno a Casanova: la inmigración de posguerra

Michele llegó con el convenio SIM (Sistema Italiano de Migración) impulsado por Perón e Italia, que permitió la llegada de miles de familias. Su pasaporte original incluía una cláusula notable: si no les gustaba Argentina, la repatriación era gratuita. Nunca la usaron.

En su relato en primera persona, reconstruye el desembarco en el Hotel de Inmigrantes, la escuela como espacio de readaptación lingüística y una infancia en la que, a los 4 años, oficiaba de traductor para su madre —que hablaba dialecto napolitano— ante las ventanillas de oficinas públicas.

«Cuando iba a la escuela me decían: ‘No le hables en italiano porque no aprende’. Mezclaba los palotes con las cosas italianas. Toda una cuestión de readaptación», recordó.

La Matanza, territorio de inmigración italiana

A diferencia del imaginario que ubica a las colectividades europeas en zonas más favorecidas del Gran Buenos Aires, el testimonio de Michele —y el de tantas familias— muestra una realidad más compleja. San Justo, Isidro Casanova, Ramos Mejía, Lomas del Mirador y Tapiales fueron destinos concretos de italianos que trabajaron en la construcción, el comercio y la industria.

En La Matanza se han relevado 35 organizaciones italianas o de origen regional, de las cuales 10 son de Calabria, 5 de Basilicata y 2 de Campania.El resto, referencias genéricas a Italia o instituciones como el Hospital Italiano, la Dante Alighieri y la Stella Alpina.

Michele agregó una observación clave: muchas de esas instituciones —como la de excombatientes en Constitución— custodian patrimonios históricos en riesgo (armas, documentos, banderas, objetos con más de un siglo de antigüedad) que hoy están en manos de unos pocos y corren peligro de perderse si no hay un relevo generacional.

Patrimonio cultural italiano: más que monumentos, memorias vivas

Uno de los puntos más fascinantes que atravesó la conversación fue el estado de conservación de los dialectos italianos en Argentina. A diferencia de lo que ocurre en la propia Italia —donde la unificación (1861) y luego la estandarización lingüística llevaron a la pérdida de muchas lenguas regionales—, en el Conurbano bonaerense sobreviven dialectos que ya casi no se escuchan en los pueblos de origen.

Asimismo, en el programa emergió la urgencia de conservar el patrimonio cultural italiano en La Matanza y el Área Metropolitana de Buenos Aires. No se trata solo de edificios o instituciones, sino de Cartas de inmigración, una correspondencia constante entre los que llegaban y los que quedaban en Italia, fuente inagotable de historia cotidiana; registros orales y testimonios, las voces de quienes llegaron en los barcos y construyeron el territorio con sus manos; objetos, banderas, partituras y documentos que aún duermen en sedes sociales con pocos socios activos; y saberes gastronómicos, musicales y artesanales que se transmiten —o no— de generación en generación.

Frente a este diagnóstico, el programa propuso acciones concretas vinculadas con revitalizar el asociacionismo desde una mirada intergeneracional, no solo como trámite para obtener la ciudadanía; digitalizar y poner a disposición pública los archivos históricos de las colectividades; fortalecer los vínculos con la universidad, por ejemplo, a través del Instituto Histórico de la UNLaM que alberga un subfondo de archivos de la palabra, con entrevistas y relatos de vida de inmigrantes italianos desgrabados y disponibles para consulta; y, promover el voluntariado de jóvenes descendientes en las instituciones italianas como forma de reconstruir el lazo identitario.

Michele se despidió con una promesa sencilla: «La próxima en mi casa». Esa frase, tan italiana y tan argentina, lo dice casi todo: la inmigración no fue solo cruzar un océano, fue abrir las puertas para que otros también se sientan en casa.

Hoy, mientras las generaciones que bajaron de los barcos se nos van, nos queda una pregunta urgente: ¿qué vamos a hacer con todo lo que nos dejaron? No solo apellidos o recetas. Hablamos de cartas, de dialectos que ya no se escuchan ni en Italia, de herramientas manchadas de historia. Hablamos de un patrimonio que no está en museos, sino en cajas de zapatos y en la memoria frágil de nuestros abuelos.

Si no vamos a buscarlo, se perderá para siempre. Por eso, este programa es un llamado: pregunten, graben, anoten. Abran esas viejas instituciones italianas que aún resisten. Que la universidad pública siga siendo la casa donde las memorias encuentran un lugar para no morir. Grazie, Michele.