El acoso que no se ve

Día Internacional contra la Violencia y el Acoso en la Escuela, incluido el Ciberacoso

El acoso escolar no siempre deja marcas visibles. Puede aparecer en una amenaza por redes sociales, en la exclusión de un grupo o en una agresión reiterada. Identificar estas situaciones sin confundirlas con conflictos aislados es uno de los desafíos que enfrentan las escuelas para proteger a sus estudiantes.

Cristián David Expósito, investigador de la Universidad Católica Argentina y del CONICET, participa junto con Roxana Graciela Marsollier de un estudio sobre el Cuestionario de Acoso y Ciberacoso Escolar (CACE-29). La investigación surge principalmente de la preocupación por el uso indiscriminado del término bullying en los medios de comunicación y en discursos de funcionarios públicos, que dificulta reconocer las distintas manifestaciones de violencia escolar.

El trabajo se apoya en una investigación realizada en Mendoza con 21.467 estudiantes de segundo y tercer año, de entre 14 y 16 años. Sus resultados destacan la relación entre aislamiento y victimización, la importancia de los testigos y la necesidad de escuchar a los adolescentes antes de intervenir.

—¿Cómo se definen el acoso y el ciberacoso escolar, y qué criterios deben cumplirse para identificar estas situaciones y diferenciarlas de un conflicto entre pares o de un episodio aislado de violencia?

— El bullying se caracteriza por una premeditación de la acción violenta por parte del acosador, es decir, el bullying no es un accidente o un hecho fortuito; sino, todo lo contrario, es un acto de violencia planificada. En segundo lugar, tiene que existir un desequilibrio de poder entre víctima y victimario. El estudiante violentado está en inferioridad de condiciones de poder frente al victimario, ya sea en cuanto a su fuerza física o su capacidad de extorsionarlo psicológicamente. Finalmente, y esta es la variable que lo evidencia como acoso, está la sistematización de la violencia. El acoso no es un hecho aislado, sino que es una situación que se repite y de maneras muy creativas por parte del acosador. Esta última variable es la que pone en evidencia al bullying porque, para que la acción violenta se mantenga en el tiempo mediante acciones sostenidas, es necesario que exista intencionalidad (ergo, no es un accidente) y desequilibrio de poder para que el acosador pueda hostigar a la víctima.

—¿Cuáles son las formas de acoso que suelen pasar inadvertidas?

—Además de las agresiones directas, como golpes, insultos o humillaciones, existen formas menos visibles. La gran mayoría de acciones violentas ejecutadas en la virtualidad se utilizan para extorsionar a la víctima. La extorsión es una amenaza intimidatoria que ejerce una presión psicológica desgastante en la víctima y, la única salida que tiene para quitarse esta presión es realizar acciones contra su voluntad. En el entorno digital puede incluir la difusión de información privada, fotografías o videos.

Otra forma es la exclusión social, que deja a un estudiante fuera de grupos, actividades o encuentros y genera rumores. Es por esta razón que la exclusión tiene un carácter tan nocivo para el hombre, ya que lo despersonaliza, especialmente cuando se está atravesando una etapa evolutiva tan delicada como lo es la adolescencia. Por eso, observar solo la violencia física ofrece una imagen incompleta del problema.

—¿Qué señales deberían tener en cuenta las familias y las escuelas?

—Hay que prestar atención al miedo persistente, los cambios bruscos de comportamiento, el aislamiento, la pérdida de pertenencias y el temor a asistir a clases. En las redes sociales también pueden aparecer señales: angustia después de conectarse, miedo ante una notificación o cierre repentino de cuentas. Ninguno de estos indicios prueba por sí solo que exista bullying, pero sí justifica escuchar al estudiante y actuar con cuidado y confidencialidad. Las amenazas pueden incluir imágenes falsas creadas con IA.

Estas señales no constituyen pruebas concluyentes, pero justifican una intervención cuidadosa, confidencial y orientada a proteger al estudiante.

—¿Qué papel cumplen los compañeros que presencian estas situaciones?

—Ser testigo no significa necesariamente denunciar. Algunos permanecen pasivos y otros refuerzan la agresión. La escuela debe enseñar a no alentar la violencia, acompañar a quien la sufre y comunicar lo ocurrido a un adulto de confianza. Pero también tiene que garantizar respaldo: cuando un estudiante denuncia, las autoridades deben proteger tanto a la víctima como al testigo. Si la institución no responde, es difícil que ese compañero vuelva a confiar en ella. Por ello, resulta fundamental construir canales confidenciales de comunicación y garantizar respuestas institucionales eficientes.

—¿Qué encontraron al estudiar a los adolescentes de Mendoza?

—Trabajamos con 21.467 estudiantes de segundo y tercer año del secundario, de entre 14 y 16 años. Encontramos una asociación significativa entre aislamiento y victimización. También comprobamos que los testigos son fundamentales para comprender estas dinámicas. El estudio muestra que no basta con registrar agresiones físicas: es necesario escuchar sistemáticamente a los estudiantes, reconocer distintas formas de violencia y fortalecer los canales de comunicación en la escuela.

—¿Cómo pueden aprovechar las escuelas el cuestionario CACE-29?

—El instrumento permite reconocer cinco dimensiones, entre ellas la extorsión, la exclusión social, el acoso directo y el papel de los testigos y agresores. Ayuda a identificar situaciones de riesgo y a orientar medidas de acompañamiento y prevención. Sin embargo, un cuestionario no confirma por sí mismo un caso de bullying: hace falta una evaluación profesional que considere la reiteración y el desequilibrio de poder. Su valor principal está en las decisiones que los equipos directivos toman con esos datos. Su principal contribución es transformar la información en estrategias preventivas contextualizadas, sin confundir los indicadores de violencia con diagnósticos individuales de bullying.

El bullying no debe naturalizarse como una condición habitual de la vida escolar, sino reconocerse como una situación específica y particularmente grave.

La investigación plantea que medir la violencia escolar es apenas el punto de partida. Los datos cobran sentido cuando permiten escuchar a los estudiantes, detectar situaciones que suelen permanecer ocultas y construir respuestas institucionales. Prevenir el acoso exige distinguir cada forma de agresión y sostener canales de confianza dentro de la escuela.