La salud mental durante el embarazo, el posparto y los primeros años de vida es una dimensión frecuentemente invisibilizada. Para contribuir a difundir conocimientos científicos y experiencias concretas que aumenten su visibilidad y las capacidades de intervención, retomamos aquí los tramos centrales de una entrevista realizada a Rosario Martínez Saravia, médica psiquiatra, expresidenta de la Federación Latinoamericana de Psiquiatría y representante de Warmi Mental Health en Bolivia, centrando la mirada en la cuestión de las paternidades.
El embarazo y el posparto como etapas de transformación
La especialista explicó que el embarazo y el posparto constituyen etapas de importantes transformaciones emocionales y psicológicas, que requieren acompañamiento profesional y redes de cuidado. Destacó también la necesidad de prestar especial atención a las adolescentes gestantes, quienes atraviesan simultáneamente los cambios propios de la adolescencia y de la maternidad.
Respecto de la transformación del rol paterno, Martínez Saravia señaló que los nuevos enfoques de salud mental perinatal incorporan a los padres y al entorno familiar como protagonistas de los cuidados: la participación de los varones durante el embarazo y los primeros mil días de vida permite distribuir las responsabilidades, fortalecer los vínculos afectivos y acompañar el bienestar emocional de toda la familia.
El cuerpo del padre también “se hace padre”
Martínez Saravia recurrió a estudios de seguimiento realizados en España e Inglaterra para demostrar que los cambios en los varones no son solo culturales. Durante la gestación, “el objetivo que tiene el varón con la protección de la mujer hace que hasta sus propias hormonas se transformen”. En esa línea, afirmó que, a los seis meses del nacimiento del bebé, el nivel de prolactina en la sangre del padre alcanza valores similares a los de la madre que está amamantando.
Estos cambios se traducen en conductas observables: el padre puede reconocer el llanto de su hijo en una sala donde no lo está viendo. Y tienen efectos terapéuticos en la madre: “Las mujeres sienten mucho placer al ver a los padres jugar con los niños, lo que implica una disminución del riesgo de depresión”, advirtió.
Promover u obligar: ¿qué dicen las experiencias?
Consultada sobre cómo se promueve u obliga la participación de los padres en las redes de cuidado, la psiquiatra fue clara: “Se ha encontrado que el resultado de obligar no ha dado satisfacción a la familia, a la madre o al niño”. Por eso, se está cambiando hacia “nuevas paternidades, que faciliten que el padre voluntariamente se acerque y sea parte de ese conjunto”.
En ese marco, señaló que “las mismas mujeres han cometido un error al excluir al padre de las tareas de cuidado. Se esperaba que el padre, o se creía que el padre, igual que la mujer, debería tener esto de manera innata, pero no es así”. Y concluyó: “Tanto el varón como la mujer pueden ser educados para tener una paternidad activa”. Como dispositivos concretos, mencionó las escuelas de padres integradas solo por varones, pensadas para que “entre ellos puedan ayudarse a conocer las conductas que les han dado mejores resultados”.
La adolescencia: una ventana de oportunidad que se desperdicia
El tramo más crítico de la entrevista abordó la paternidad adolescente. El entrevistador planteó que, en su experiencia clínica, la situación de embarazo en un joven adolescente “es una ventana de oportunidad muy grande para que el joven se involucre en el estudio, en el trabajo, en el cuidado”, pero que muchas veces “se llega rápidamente a una situación de fragilidad en la que el joven quiere involucrarse, pero que encuentra barrera por parte de la familia, de la madre, de la sociedad o de las instituciones”. Martínez Saravia confirmó el diagnóstico: “Verdaderamente, ese fenómeno es muy real. El adolescente que es papá no merece siquiera el término de papá, se utiliza el término de ´culpable del embarazo´”. De allí que “es muy razonable que un joven tenga poco vínculo con el bebé que va a nacer”, sobre todo cuando conviven “bajo la economía de otros adultos, bajo las normas de otros adultos y viviendo como ofensores, los irresponsables que están trayendo un bebé a la sociedad”.
Sobre espacios de acompañamiento a paternidades adolescentes, la respuesta fue contundente: “Son muy pocos, en particular en centros periurbanos o adolescentólogas que trabajan con ONGs. Actualmente no conozco”. Ambos interlocutores coincidieron en que se trata de “un área de vacancia” que “como adolescentólogos tendríamos que impulsar en términos de políticas públicas”.
Los espacios de intervención: ¿amigables para las paternidades?
La conversación también abordó las barreras concretas. En Bolivia, cuando las esposas entran en labores de parto, a los varones formalmente casados, no a las parejas, “se les da 48 horas de permiso, el mismo tiempo de permiso que se les da cuando se les muere el papá o la mamá”. Y aunque los hospitales “han abierto las puertas al parto humanizado y permiten que la pareja ingrese a la sala”, la pregunta por el lugar del padre sigue abierta: “¿Cuál es el espacio que está designado al padre? Porque la enfermera está en la cabecera, abajo está el médico y, al otro lado, está el residente ayudando. Entonces, ¿cuál es el espacio?”.
Martínez Saravia destacó el trabajo de colegas colombianas en torno al “manual del padre” y la apertura de salas de duelo en la muerte perinatal, “donde padre, madre, hermanos pueden utilizar dentro del hospital para despedirse del neonato”. También señaló que la amigabilidad de los espacios varía según estratos sociales: “en los sectores donde la mujer y el hombre trabajan fuera de la casa, se hace mucho más amigable la cercanía del padre a los hijos”.
Una generación que se anima a cambiar pañales
Hacia el cierre, la psiquiatra marcó un corte generacional: “Hay un corte muy claro en los padres menores de 30 años o 35 y los mayores a esa edad”. Los más jóvenes “tienen la posibilidad ahora de que se trabaje en ellos, incluso hormonalmente; al oler al niño o leerle al niño, el cuerpo genera cambios”. En cambio, “los padres anteriores, antiguos, se hubieran visto muy mal cambiando pañales, haciendo tareas domésticas; la sociedad no lo permitía”. Aun así, el cambio ya es visible en las calles de Bolivia: “hombres de traje cargando niños con su aguayo […] Eso no se veía hace un par de años”.
La entrevista aporta evidencia y experiencia para una agenda que el Observatorio Social UNLaM viene sosteniendo: la salud mental perinatal no es un asunto exclusivo de las madres. La inclusión de los padres en las redes de cuidado requiere dispositivos amigables, formación y políticas públicas que no se limiten a la sanción. La paternidad adolescente, en particular, aparece como un área de vacancia donde la inversión pública podría transformar una situación de riesgo en una oportunidad de inclusión educativa y laboral. El desafío, como sintetiza Martínez Saravia, es que el padre “voluntariamente se acerque y forme parte de ese conjunto”.
